jueves, 12 de septiembre de 2013

John Banville. Antigua Luz


     
       Hacer cine es algo extraño, más extraño de lo que esperaba, y sin embargo, de una manera curiosa, tampoco me resulta ajeno. Algunos me habían advertido de la naturaleza fragmentaria y necesariamente inconexa del proceso, pero lo que me sorprende es el efecto que esto produce en la sensación que tengo de mí mismo. Siento como si no sólo mi yo actor sino mi yo esencial se convirtiera en una serie de fragmentos deshilvanados, no sólo en los breves intervalos en los que estoy delante de la cámara, sino incluso cuando me salgo de mi papel —mi parte— y recupero mi identidad real, mi supuesta identidad real. Tampoco es que me considerara nunca un producto o un preservador de las unidades: he vivido lo bastante y reflexionado lo bastante como para comprender la incoherencia y naturaleza múltiple de lo que antes se consideraba el yo individual. Cualquier día de la semana salgo de mi casa y en la calle el mismísimo aire se convierte en un bosque de hojas afiladas que me rebanan de manera imperceptible hasta convertirme en las múltiples versiones de la singularidad que en el interior de mi casa he presentado como ser existente y, de hecho, por el que me han tomado. La experiencia delante de la cámara, sin embargo, esa sensación de ser no uno sino muchos —¡mi nombre es Legión!—, posee una dimensión añadida, pues los muchos no son unidades, sino más bien segmentos. Así pues, participar en una película es algo extraño, y al mismo tiempo no lo es en absoluto; se trata de una intensificación, una diversificación de lo conocido, una concentración en el yo ramificado; y todo eso es interesante, y confuso, y emocionante y perturbador.