viernes, 11 de octubre de 2013

Philip Roth. Zuckerman encadenado (II)

Serigrafía en papel japonés, París 2013


—Acabo de encontrar veintisiete borradores de un solo relato —me dijo ella.
—¿De cuál? —pregunté yo, interesadísimo.
—«La vida es un fastidio».
—Tantos intentos —dijo Lonoff— para al final hacerlo mal.
—Tendrían que erigir un monumento a su paciencia —le dijo ella.
Él se señaló con un vago gesto el creciente de grosura que tensaba los botones de su chaqueta:
—Ya lo han hecho.
—En clase —siguió ella—, solía decirnos a los estudiantes de escritura literaria: «No hay vida sin paciencia.» Ninguna de nosotras entendía de qué estaba hablando.
—Tú sí lo entendías. Tú tenías que entenderlo. Fue algo que aprendí mirándote a ti, mi querida señorita.
—Pero si yo soy incapaz de esperar —dijo ella.
—Pero lo haces.
—Reventando de frustración, todo el tiempo.
—Si no reventaras de frustración —puso el profesor en su conocimiento—, no te haría ninguna falta la paciencia.
La visita al maestro. Del capítulo Maestro

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     Casi tres meses después de haber enviado su pedido al editor de Ámsterdam, a principios de agosto, en un día cálido y soleado, había un paquete en Boston , demasiado grande para el apartado de correos  de Pilgrim Bookshop, esperando que fuese a recogerlo. Llevaba una falda beis, de lino,  y  una ligera blusa de algodón blanco, planchadas ambas la noche anterior. Llevaba el pelo, que aquella primavera se había cortado a lo paje, recién lavado y peinado, de la noche anterior, y tenía la piel uniformemente tostada. Todas las mañanas nadaba una milla, y jugaba al tenis por las tardes, y, en conjunto, estaba en la mejor forma que puede estar una chica a los veinte años. Quizá fuera por eso por lo que no rompió el cordel con los dientes, ni se cayó desmayada al suelo, cuando el empleado le puso en las manos el paquete. Lo que hizo fue ir caminando a Common, con el paquete procedente de Holanda colgándole de una mano, y, una vez allí, dar unas cuantas vueltas hasta encontrar un banco libre. Primero se sentó en un banco a la sombra, pero luego se volvió a levantar y siguió buscando el sitio perfecto, a la luz del sol.
    Tras haber sometido a concienzudo análisis los sellos holandeses-series de después de la guerra, desconocidas para ella- y contemplando el matasellos, se puso a la tarea de comprobar con  cuánta minucia lograba deshacer el envoltorio. Era una ridícula  exhibición de serena paciencia, y así quería ella que fuese. Se sentía, a la vez, triunfadora y aturdida. Aguante pensó, paciencia. Sin paciencia no hay vida. Cuando por fin terminó de desatar el cordel y de desplegar, sin desgarrones, las diversas capas de grueso papel marrón, tuvo la impresión de que lo que había extraído de la envoltura para colocarlo en el regazo de su muy linda y muy norteamericana falda de lino beis era su propia supervivencia.
Van Anne Frank. Su libro. Suyo.
La visita al maestro. Del capítulo Femme Fatale