viernes, 17 de enero de 2014

Cómo convertir un grito de dolor en un cántico imposible: La edad de hierro. J.M. Coetzee

Otros títulos para esta entrada:

De cómo un escritor se adelanta a los pensamientos del lector para romper estructuras o por qué amo tanto a Coetzee.

Comprender el mundo que nos rodea es hacerlo más habitable, nunca me cansaré de escribir que hay que leer La edad de hierro, entera.




Desde que Vercueil aceptó mi dinero, ha estado bebiendo sin parar, no solamente vino, sino también brandy. Algunos días no bebe hasta el mediodía y usa las horas de abstinencia para que la rendición sea más voluptuosa. Pero lo normal es que ya esté intoxicado para cuando sale de casa a media mañana.
Hoy el sol brillaba débilmente cuando ha regresado de su excursión. Yo estaba en la terraza del piso de arriba. Él me ha visto y se ha sentado en el patio con la espalda apoyada en la pared y el perro a su lado. El hijo de Florence ya estaba allí, con un amigo al que yo no había visto antes, y Hope devoraba cada uno de sus movimientos con los ojos. Tenían una radio encendida; el chirrido y el golpeteo de la música era peor todavía que la pelota de tenis.
-Agua -les ha gritado Vercueil-. Traedme agua.
El chico nuevo, el amigo, ha cruzado el patio y se ha agachado a su lado. No he oído lo que se decían. El chico ha extendido una mano.
-Dame -ha dicho.
Vercueil le ha apartado la mano con gesto perezoso.
-Dámela -ha dicho el chico, de rodillas, y ha empezado a tironear para sacarle la botella del bolsillo a Vercueil.
Vercueil se ha resistido, pero sin ganas.
El chico ha desenroscado el tapón y ha vertido el brandy en el suelo. Luego ha tirado la botella a un lado. Se ha hecho añicos. Una estupidez: he estado a punto de gritar.
-¡Te están convirtiendo en un perro! -ha dicho el chico-. ¿Quieres ser un perro?
El perro, el perro de Vercueil, ha gemido con entusiasmo.
-Vete al infierno -ha replicado Vercueil con voz gangosa.
-¡Perro! -ha dicho el chico-. ¡Borracho!
Le ha dado la espalda a Vercueil y ha vuelto con Bheki, caminando con aire de importancia. Qué niño tan arrogante, he pensado. Si es así como se comportan los nuevos guardianes del pueblo, que Dios nos libre de ellos.
La niña ha olisqueado el brandy y ha fruncido la nariz.
-Vete al infierno tú también -ha dicho Vercueil, haciéndole un gesto con la mano para que se marchara. Ella no se ha movido. Luego, de pronto, se ha girado y ha echado a correr a la habitación de su madre.
La música ha seguido aporreando. Vercueil se ha quedado dormido, desplomado de lado contra la pared con la cabeza del perro en su rodilla. He vuelto con mi libro. Al cabo de un rato el sol se ha escondido detrás de las nubes y ha empezado a hacer frío. Ha empezado a caer una llovizna fina. El perro se ha sacudido y ha entrado en el cobertizo. Vercueil se ha puesto de pie y ha entrado detrás. Yo he recogido mis cosas.
Dentro del cobertizo ha habido un revuelo. Primero el perro se ha escabullido fuera, ha mirado a su alrededor y se ha puesto a ladrar. Luego Vercueil ha salido también, de espaldas, y por fin han salido los dos chicos. Cuando el segundo chico, el amigo, se le ha acercado, Vercueil ha arremetido y le ha golpeado en el cuello con la palma de la mano. El chico ha contenido la respiración con un bufido de sorpresa: incluso desde la terraza lo he oído. Luego le ha devuelto el golpe a Vercueil, que ha trastabillado y ha estado a punto de caer. El perro no paraba de bailar a su alrededor, ladrando. El chico ha vuelto a golpear a Vercueil y ahora Bheki se le ha unido.
-¡Parad! -les he gritado.
No me han hecho caso. Vercueil estaba en el suelo; le estaban dando patadas; Bheki se ha quitado el cinturón de los pantalones y ha empezado a azotarlo.
-¡Florence! -he gritado-. ¡Diles que paren! -Vercueil se ha tapado la cara con las manos para protegerse. El perro ha saltado encima de Bheki. Bheki lo ha apartado de un golpe y ha seguido azotando a Vercueil con el cinturón-. Vosotros dos, parad! -les he gritado, agarrando la barandilla-. ¡Parad de una vez o llamaré a la policía!
Entonces ha aparecido Florence. Ha hablado en tono cortante y los chicos se han apartado.Vercueil se ha puesto de pie con dificultades. He bajado las escaleras lo más deprisa que he podido.
-¿Quién es este chico? -le he preguntado a Florence.
El chico ha dejado de hablar con Bheki y me ha mirado. No me ha gustado su mirada: arrogante, combativa.
-Es un amigo de la escuela -ha dicho Florence.
-Tiene que irse a su casa -he dicho-. Esto es más de lo que puedo soportar. No quiero peleas en mi patio. No puedo permitir que haya desconocidos entrando y saliendo.
A Vercueil le salía sangre del labio. Era extraño ver sangre en aquella cara curtida. Como miel sobre cenizas.
-No es un desconocido, está de visita -ha dicho Florence.
-¿Nos hace falta un pase para entrar aquí? -ha dicho Bheki. Él y su amigo han intercambiado miradas-. ¿Necesitamos un pase?
Han esperado mi respuesta, desafiándome. La radio seguía sonando. Un ruido inhumano, exasperante: me daban ganas de taparme los oídos con las manos.
-No he mencionado ningún pase -he dicho-. Pero ¿qué derecho tiene este chico a venir aquí y atacar a este hombre? Este hombre vive aquí. Es su casa.
Florence ha resoplado.
-Sí -le he dicho, volviéndome hacia ella-. También vive aquí. Es su casa.
-Vive aquí -ha dicho Florence-. Pero es escoria. Es un holgazán.
-Jou moer! -ha dicho Vercueil. Se había quitado el sombrero y estaba volviendo a colocar bien la copa con el puño. Luego ha levantado la mano con el sombrero como si fuera a golpearla-. Jou moer!
Bheki le ha quitado el sombrero y lo ha tirado encima del tejado del garaje. El perro ha ladrado con furia. Lentamente, el sombrero ha vuelto a caer por el ala del tejado.
-No es escoria -he dicho, bajando la voz, dirigiéndome solamente a Florence-. La gente no es escoria. Somos todos personas que viven juntas.
Pero Florence no tenía ganas de oír sermones.
-Solamente sirve para beber -ha dicho- beber, beber y beber todo el día. No me gusta que esté aquí.
Un holgazán: ¿eso era? Si, tal vez: holgazán. Una palabra de antaño, de las que se oían poco últimamente.
-Es mi recadero -he dicho.
Florence me ha mirado con desconfianza.
-Va a hacer recados para mí -he dicho.
Ella se ha encogido de hombros.Vercueil se ha marchado arrastrando los pies con su sombrero y su perro. He oído cerrarse la cancela de la verja.
-Diles a los chicos que lo dejen en paz -he dicho-. No hace daño a nadie.

Como un gato viejo perseguido por los machos jóvenes, Vercueil ha ido a esconderse y lamer sus heridas. Me imagino a mí misma buscando por los parques y llamando con voz queda: "¡Señor Vercueil! ¡Señor Vercueil!". Una vieja en busca de su gato.
Florence está abiertamente orgullosa de cómo Bheki se ha librado del holgazán, pero predice que volverá tan pronto como empiece a llover. En cuanto a mí, dudo de que lo veamos mientras estén aquí los chicos. Se lo he dicho a Florence.
-Estás enseñando a Bheki y a sus amigos que pueden levantar la mano contra sus mayores con impunidad. Eso es un error. ¡Sí, da igual lo que pienses de él, Vercueil es mayor que ellos!
"Cuanto más cedas con ellos, Florence, más atroz será el comportamiento de los chicos. Me dijiste que admirabas a la generación de tu hijo porque no tienen miedo de nada. Ten cuidado: puede que empiecen por no preocuparse de sus propias vidas y terminen por no importarles las de los demás. Lo que admiras de ellos no es necesariamente lo mejor.
"No puedo olvidar lo que dijiste aquella vez: que ya no había padres y madres. No puedo creer que lo digas en serio. Los niños no pueden crecer sin padres ni madres. Los incendios y asesinatos de los que se habla, esa crueldad tan asombrosa, incluso este asunto de pegar al señor Vercueil: ¿de quién es culpa al fin y al cabo? Probablemente sea de los padres que dicen: "Venga, haced lo que queráis, ya sois vuestros propios dueños, os devuelvo la autoridad". ¿Qué niño quiere en el fondo que le digan eso? Seguramente se quedará confundido, pensando para sí mismo: "Ya no tengo madre, ya no tengo padre: pues que la muerte sea mi madre y que la muerte sea mi padre". Te lavas las manos respecto a ellos y se convierten en hijos de la muerte.
Florence ha negado con la cabeza.
-No -ha dicho con firmeza.
-Pero ¿te acuerdas de lo que me contaste el año pasado, Florence, cuando estaban pasando aquellas cosas inimaginables en los distritos segregados? Me dijiste: "He visto una mujer en llamas, ardiendo, y cuando ha gritado pidiendo ayuda, los niños se han reído y le han tirado más gasolina". Me dijiste: "No creí que viviera para ver algo así".
-Sí que lo dije, y es verdad. Pero ¿quién los ha vuelto tan crueles? ¡Son los blancos los que los han vuelto tan crueles! ¡Sí!
Su respiración era entrecortada, apasionada. Estábamos en la cocina. Ella estaba planchando. Su mano agarraba la plancha con fuerza. Me ha lanzado una mirada iracunda. Yo le he tocado suavemente la mano. Ella ha levantado la plancha. En la sábana había el principio de la huella marrón de una quemadura.
Sin cuartel, he pensado: una guerra sin cuartel, sin límites. Una guerra de la que mantenerse alejado.
-Y el día que crezcan -he dicho en voz baja-, ¿crees que dejarán de ser crueles? ¿En qué clase de padres se convertirán si aprenden que se ha terminado la época de los padres? ¿Pueden volverse a crear los padres una vez que la idea de los padres ha sido destruida dentro de nosotros? Pegan a un hombre y le dan patadas porque bebe. Incendian a la gente y se ríen mientras muere quemada. ¿Cómo van a tratar a sus hijos? ¿Qué amor van a ser capaces de dar? El corazón se les está volviendo de piedra ante nuestros ojos, y qué dices tú? Dices: "Este no es mi hijo. Es el hijo del hombre blanco, es el monstruo que ha creado el hombre blanco". ¿Eso es lo único que sabes decir? ¿Vas a echarle la culpa a los blancos y volver la espalda?
-No - ha dicho Florence-. Eso no es verdad. Yo no les doy la espalda a mis hijos. -Ha doblado la sábana a lo ancho y a lo largo, juntando las esquinas de forma precisa y decidida -. 

La edad de hierro.1990.  J.M. Coetzee
Traduc. de Javier Calvo. DEBOLS!LLO