viernes, 6 de junio de 2014

Fuentes de luz grabadas a fuego

Humphrey Lloyd Hime. La pradera a orillas del río Rojo. 1858

        Una vez había desconcertado a De Goede al enseñarle su foto favorita [...] Era una foto de 1858 y realmente no tenía nada de especial. La había visto por primera vez en los Notman Photographic Archives, en el museo McCord de Montreal. Al principio sólo le había llamado la atención la forma, ya que mientras los ángulos inferiores eran rectos, como debía ser, los superiores estaban torcidos un poco absurdamente, de manera que toda la foto había tomado la forma de un túnel, y además, de un túnel oscuro. La pradera a orillas del río Rojo, Humphrey Lloyd Hime, precisaba el pie y eso era precisamente lo que había en esa foto, una superficie gris, plomiza y anticuada en la que, por lo visto, pradera y agua pasaban de una a otra sin diferenciación. El horizonte una línea recta, por encima un cielo igualmente desolado de un gris claro, sin matiz alguno. Así pues, dos superficies grises, una más oscura, otra más clara. Y, sin embargo,  si seguías mirando más tiempo, se producía algo de movimiento en esas superficies muertas, una fracción de la luz en la parte superior había participado en la parte más oscura de debajo, de manera que algo de la luz que había brillado ese día en ese río sombrío se había conservado, un par de líneas, algunas manchas, un destello, como si la luz de las estrellas quisiera contar algo sucedido antes de la existencia de los hombres y que también lo haría si esos hombres nunca hubieran aparecido.
pág. 29

Emilio Ocón y Rivas. Marina, 1884
         No había quien lo entendiera. De vez en cuando le pedía que parara, subía corriendo una colina, miraba la montaña a través de los árboles, o tumbado en la hierba, o sobre la oscura superficie de un lago en el que se reflejaba la montaña, siendo así dos veces enigmática; pero cada vez que -mirando fijamente en su visor- se la imaginaba, sabía que no resultaba. Lo que quería, y no para su folleto, sino para él mismo, era un lugar donde la mujer y la montaña pertenecieran la una a la otra de una manera absolutamente equilibrada, se intercambiaran, se mantuvieran recíprocamente en un equilibrio indemostrable, pero evidente.  
pág. 37
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        Un gran amor, esa cosa impronunciable emponzoñada de trivialidad, probablemente empezó con el deseo de vivirlo.
pág. 39

Cees Nooteboom. ¡Mokusei!
 Traduc. de Julio Grande. Debolsillo