viernes, 31 de julio de 2015

Nada se opone a la noche

      Las fantasías de Lucile, aun cuando he descrito las principales motivaciones (voluntad de poder  y de control, poderes sobrenaturales, dinero a raudales, posibilidad de cubrirnos de regalos), siguen siendo impenetrables para mí.
     Eso también es la turbación mental, tal y como la describía Barbara,  "ese resurgir como un géiser de una protesta interior tímida u oculta durante mucho tiempo, la expresión repentina y brutal de un rechazo a dejarse manipular o destruir a partir de un momento, que se traducen  en un desfase de tono, un volumen de sonido insoportable para oídos normales".


     Esperaba que la escritura  me permitiera escuchar lo que se me había escapado, esos ultrasonidos indescifrables para oídos normales, como si las horas pasadas registrando cajas  o sentada delante de un ordenador  pudiesen dotarme por fin de una audición particular, más sensible, como la que poseen ciertos animales  y, creo, los perros. No estoy segura de que la escritura me permita llegar más allá de la constatación de una derrota. La dificultad que encuentro para hablar de Lucile no está tan alejada de la angustia que sentíamos, de niñas o adolescentes, cuando desaparecía.

Delphine de Vigan, Nada se opone a la noche, Anagrama.
Trad.: Juan Carlos Durán, 2012,   pág298