viernes, 23 de mayo de 2014

El ojo y el espíritu



     El enigma consiste en que mi cuerpo es a la vez vidente y visible. Él, que mira todas las cosas, puede también mirarse y reconocer entonces, en lo que ve, el "otro lado" de su potencia vidente. El cuerpo se ve viendo, se toca tocando, es visible y sensible para sí mismo. Es un sí-mismo, no por transparencia como el pensamiento, que no piensa ninguna cosa más que asimilándola, constituyéndola, transformándola en pensamiento, sino un sí-mismo por confusión, narcisismo, inherencia del que ve en lo que ve él, del que toca en lo que él toca, del sentiente en lo sentido; un sí-mismo, por tanto, atrapado entre cosas, que tiene un rostro, un dorso, un pasado y un porvenir...  
   Esta primera paradoja no cesará de producir otras. Visible y móvil, mi cuerpo se cuenta entre las cosas, es una de ellas, está prendido en el tejido del mundo, y su cohesión es la de una cosa. Pero, puesto que ve y se mueve, tiene a las cosas en círculo en torno a sí, ellas son un anexo o una prolongación de él, están incrustadas en su carne, forman parte de su definición plena, y el mundo está hecho de la pasta misma del cuerpo. 
El ojo y el espíritu de Merleau-Ponty
Minima Trotta. págs 22-23