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sábado, 24 de octubre de 2015

Pensar y hacer. Hacer y ser

Jeff Koons, Lobster
Aluminio policromado

¿Alguna vez han intentado concentrarse en hacer algo difícil con una multitud de gente mirando? O peor, con una multitud de espectadores que expresan en voz alta su esperanza de que falles para que su favorito te pueda ganar. En los partidos de bajo nivel que yo disputé como juvenil, ante públicos que casi nunca alcanzaban las tres cifras, yo estaba que apenas me podía controlar el esfínter. Me volvía loco a mí mismo: «...Pero ¿y si ahora hago una doble falta y dejo que el otro me rompa el servicio con toda esta gente mirando...? No pienses en ello... Sí, pero es que si estoy no pensando en ello de forma consciente, entonces, ¿acaso una parte de mí no tiene que pensar en ello a fin de que yo recuerde qué es lo que se supone que no tengo que pensar...? Cállate, deja de pensar en ello y sirve la maldita pelota... pero ¿cómo puedo estar hablando conmigo mismo sobre no pensar en ello a menos que siga siendo consciente de qué es eso en lo que no estoy pensando?», etcétera. Me quedaba dividido, paralizado. Como les pasa a la mayoría de los deportistas mediocres. Quedarse paralizado y sin aire. Perder la concentración. Quedarse cohibido. Dejar de estar plenamente presentes en nuestras voluntades y decisiones y movimientos.
Página 195


Cómo Tracy Austin me rompió el corazón, de David Foster Wallace,
1994, publicado en Hablemos de langostas (Consider the Lobster), 
2006, Mondadori, trad. de Javier Calvo

domingo, 31 de agosto de 2014

"Exformación"


     Y es esto, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante. No es que los estudiantes no “pillen” el humor de Kafka, sino que les hemos enseñado a ver el humor como algo que se pilla, de la misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un “yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a una pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no “pillen” a Kafka. Se les puede decir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no solo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre… y se abre hacia fuera: que durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos. Das ist komisch.

David Foster Wallace, "Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka,
de los cuales probablemente no he quitado bastante", Hablemos de langostas,
págs 85-86, Mondadori, Barcelona, 2007