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martes, 3 de marzo de 2015

Hombre lento

     
     
         Recuerde, Paul, la pasión es lo que mueve el mundo. No es usted analfabeto, debería saberlo. Si no existiera la pasión, el mundo seguiría siendo vacío y carente de forma. Piense en Don Quijote. Don Quijote no trata de un hombre sentado en una mecedora que se queja de lo aburrida que es La Mancha. Trata de un hombre que se coloca un bacín en la cabeza y se sube a lomos de su viejo y fiel rocín y parte para emprender grandes hazañas. Enma Roualt, Enma Bovary, sale y se compra ropa cara aunque no tiene ni idea de cómo va a pagarla. "Solamente se vive una vez", dice Alonso, dice Enma, "así que démonos una oportunidad." Dese una oportunidad, Paul. Vea qué le ocurre.
- Yo he de ver qué se me ocurre para que usted pueda ponerme en un libro.
- Para que alguien en alguna parte pudiera querer ponerlo en un libro. Alguien, cualquiera... no solo yo. Para que valiera la pena ponerlo a usted en un libro. Junto con Alonso y con Enma. Hágase comandante, Paul. Viva como un héroe. Eso es lo que nos enseñan los clásicos. Sea un personaje protagonista. De otra forma, ¿para qué sirve la vida?
Hombre lento, J. M. Coetzee, 
Mondadori, Madrid, 2005
páginas 224-225

viernes, 1 de agosto de 2014

Vida y época de Michael K


 

     - No sé -dijo K-. No sé.
     - No ves el fondo -le dijo Robert-. Mira bien en sus corazones y lo verás.
     K se encogió de hombros.
     - Eres un bebé -le dijo Robert- Has estado dormido toda tu vida. Ya es hora de que despiertes. ¿Por qué crees que os dan a ti y a los niños su caridad? Porque piensan que sois inofensivos, no tenéis los ojos abiertos, no veis la verdad que os rodea.
    Dos días después  murió el niño que había llorado durante la noche. Puesto que era una norma estricta de las altas instancias que en ningún caso se estableciera un cementerio dentro o cerca  de ningún campamento de algún tipo, lo enterraron en la parte posterior del cementerio de la ciudad. La madre, una chica de dieciocho años, volvió del entierro  y no quiso comer. No lloró, simplemente permaneció sentada al lado de su tienda, la mirada perdida en dirección a Prince Albert. No escuchó a los amigos que vinieron a consolarla; cuando la acariciaron, les apartó las manos. Michael K se pasó horas mirándola, apoyado en la cerca donde no lo pudiera ver. ¿Es esta mi educación?, se preguntó. ¿Estoy por fin aprendiendo algo de la vida aquí, en un campamento? Le pareció que la vida se representaba ante él en escenas diferentes, y que todas estaban unidas entre sí. Tuvo el presentimiento de que todas convergían, o amenazaban converger en un significado único, aunque todavía no sabía cual podía ser.
 pág 96


    Ya no le parecía tan raro pensar que el campamento era un lugar donde se depositaba a la gente para olvidarla. Ya no le  parecía una casualidad que el campamento estuviera lejos de la mirada de la ciudad, en una carretera que no conducía a ninguna otra parte. Pero todavía no podía creer que los dos jóvenes de guardia se sentaran despreocupados en el porche de la caseta, bostezando, fumando, entrando de vez en cuando a descansar, mientras la gente moría delante de ellos. Las personas cuando mueren dejan un cuerpo atrás. Incluso las personas que mueren de hambre dejan un cuerpo.  Los cuerpos muertos  pueden ser tan ofensivos como los cuerpos vivos, si es que es cierto que un cuerpo vivo es ofensivo.
pág 101

Vida y época de Michael K
J.M. Coetzee
Traducción de  Concha Manella
Mondadori, Barcelona 2006

lunes, 7 de julio de 2014

El maestro de Petersburgo: intertexto, texto, cotexto, pretexto


         “La lectura consiste en ser el brazo y ser el hacha y ser el cráneo que se parte; la lectura es entregarse, rendirse, no mantenerse distante ni burlón”.
                                                             ····················
       "Lo primero que hace cuando ella  lo deja solo es retirar la colcha de la cama. Las sábanas está limpias. Se arrodilla y aprieta la nariz contra la almohada, pero sólo consigue percibir el olor del jabón y del hilo secado al sol. Abre los cajones. Han sido vaciados.
Deposita la maleta sobre la cama y la abre. Encima de todo encuentra un traje de algodón blanco, bien doblado. Aprieta la frente contra el tejido  y muy débilmente le llega el olor de su hijo. Respira hondo una y otra vez,  pensando: es su espíritu que entra en mí."

                                                              ·························
   “He leído Crimen y castigo, su libro. Y de ahí saqué la idea. Es un libro excelente; nunca he leído cosa igual. A veces me aterraba."
 
                                                                ························
   “Aquí terminan las líneas… Empiezan en los ministerios y en el tesoro, en la bolsa de valores y en los bancos. Empiezan en las cancillerías de toda Europa. Las líneas de fuerza comienzan ahí, e irradian en todas direcciones, hasta terminar en sótanos como este, en donde viven bajo tierra estos pobres desgraciados”. 
                                                                 ························
    “Si estás tocado por el don de la escritura, quiere decirle, ten en cuenta cuál es la fuente del don. Escribes precisamente porque estuviste solo en tu infancia, porque no tuviste amor… No escribimos gracias a las plenitud; escribimos gracias a la angustia, a la carencia”. 
                                                                ························

   "La desea ardientemente. Más aún: la desea, pero no en esa  estrecha cama de niño, sino en la cama de viuda que tiene en la habitación contigua: La imagina así al verla tendida junto a su hija, con los ojos muy abiertos y relucientes. Por vez primera se da cuenta que pertenece a un tipo de mujer sobre el cual nunca ha escrito en sus libros. Las mujeres  a las que está acostumbrado no carecen  de intensidad propia, aunque sea una intensidad de piel y de nervio. Las sensaciones que tiene son intensas, eléctricas, inmediatas: acontecen en la superficie. En cambio, con ella se adentra en un cuerpo que sangra, un cuerpo visceral, cuyas sensaciones tiene lugar en lo más profundo.
                                                                ························
   Ella se echa a reír: es posible que esté enojada, pero no ofendida. A ella le puede decir lo que sea.
                                                                ························

   "Me estoy conduciendo como un personaje de libro, piensa. Pero ni siquiera le sirve de ayuda burlarse de sí mismo. Le tiemblan los hombros. Sin hacer ruido, comienza a llorar.
     En un libro, la mujer reaccionaría ante su pena con una oleada de compasión. Esta mujer no actúa así. Se sienta ante la mesa, bajo la luz tililante, con la mirada huidiza y la labor  en el regazo. Es tarde, no hay nadie que los vea, la niña está durmiendo.
¡Maldito sea el corazón!, se dice él. ¡Malditas emociones!  ¡La piedra angular no es el corazón, ni como se siente el corazón, sino la muerte y cómo se siente el muchacho muerto! "                                                               
                                                            ························

   “El demonio: ese instante en el que inicia el clímax y el alma se retuerce al salir del cuerpo para comenzar su espiral descendente hacia el olvido”
                                                              ························

    "Algo terrible empieza a asomar al fondo de esta cháchara.

     - ¿Quién es Jesús? -pregunta con dulzura.
-¿Jesús? -Cae la noche; son las dos únicas personas que hay en esa bocacalle fría y desangelada. Ella lo mira con incredulidad-. No sabe usted quien es Jesús?
- Cuando dice que yo soy Judas, ¿quién es Jesús?
Ella sonríe.
- No es más que una manera de hablar -dice. Y luego, como si hablase para sus adentros, añade:
 -No entienden nada. -Vuelve a tenderle la mano-. "


J. M. Coetzee. El maestro de Petersburgo.
Traducción de Miguel Martínez-Lage
2004, DEBOLS!LLO



viernes, 17 de enero de 2014

Cómo convertir un grito de dolor en un cántico imposible: La edad de hierro. J.M. Coetzee

Otros títulos para esta entrada:

De cómo un escritor se adelanta a los pensamientos del lector para romper estructuras o por qué amo tanto a Coetzee.

Comprender el mundo que nos rodea es hacerlo más habitable, nunca me cansaré de escribir que hay que leer La edad de hierro, entera.




Desde que Vercueil aceptó mi dinero, ha estado bebiendo sin parar, no solamente vino, sino también brandy. Algunos días no bebe hasta el mediodía y usa las horas de abstinencia para que la rendición sea más voluptuosa. Pero lo normal es que ya esté intoxicado para cuando sale de casa a media mañana.
Hoy el sol brillaba débilmente cuando ha regresado de su excursión. Yo estaba en la terraza del piso de arriba. Él me ha visto y se ha sentado en el patio con la espalda apoyada en la pared y el perro a su lado. El hijo de Florence ya estaba allí, con un amigo al que yo no había visto antes, y Hope devoraba cada uno de sus movimientos con los ojos. Tenían una radio encendida; el chirrido y el golpeteo de la música era peor todavía que la pelota de tenis.
-Agua -les ha gritado Vercueil-. Traedme agua.
El chico nuevo, el amigo, ha cruzado el patio y se ha agachado a su lado. No he oído lo que se decían. El chico ha extendido una mano.
-Dame -ha dicho.
Vercueil le ha apartado la mano con gesto perezoso.
-Dámela -ha dicho el chico, de rodillas, y ha empezado a tironear para sacarle la botella del bolsillo a Vercueil.
Vercueil se ha resistido, pero sin ganas.
El chico ha desenroscado el tapón y ha vertido el brandy en el suelo. Luego ha tirado la botella a un lado. Se ha hecho añicos. Una estupidez: he estado a punto de gritar.
-¡Te están convirtiendo en un perro! -ha dicho el chico-. ¿Quieres ser un perro?
El perro, el perro de Vercueil, ha gemido con entusiasmo.
-Vete al infierno -ha replicado Vercueil con voz gangosa.
-¡Perro! -ha dicho el chico-. ¡Borracho!
Le ha dado la espalda a Vercueil y ha vuelto con Bheki, caminando con aire de importancia. Qué niño tan arrogante, he pensado. Si es así como se comportan los nuevos guardianes del pueblo, que Dios nos libre de ellos.
La niña ha olisqueado el brandy y ha fruncido la nariz.
-Vete al infierno tú también -ha dicho Vercueil, haciéndole un gesto con la mano para que se marchara. Ella no se ha movido. Luego, de pronto, se ha girado y ha echado a correr a la habitación de su madre.
La música ha seguido aporreando. Vercueil se ha quedado dormido, desplomado de lado contra la pared con la cabeza del perro en su rodilla. He vuelto con mi libro. Al cabo de un rato el sol se ha escondido detrás de las nubes y ha empezado a hacer frío. Ha empezado a caer una llovizna fina. El perro se ha sacudido y ha entrado en el cobertizo. Vercueil se ha puesto de pie y ha entrado detrás. Yo he recogido mis cosas.
Dentro del cobertizo ha habido un revuelo. Primero el perro se ha escabullido fuera, ha mirado a su alrededor y se ha puesto a ladrar. Luego Vercueil ha salido también, de espaldas, y por fin han salido los dos chicos. Cuando el segundo chico, el amigo, se le ha acercado, Vercueil ha arremetido y le ha golpeado en el cuello con la palma de la mano. El chico ha contenido la respiración con un bufido de sorpresa: incluso desde la terraza lo he oído. Luego le ha devuelto el golpe a Vercueil, que ha trastabillado y ha estado a punto de caer. El perro no paraba de bailar a su alrededor, ladrando. El chico ha vuelto a golpear a Vercueil y ahora Bheki se le ha unido.
-¡Parad! -les he gritado.
No me han hecho caso. Vercueil estaba en el suelo; le estaban dando patadas; Bheki se ha quitado el cinturón de los pantalones y ha empezado a azotarlo.
-¡Florence! -he gritado-. ¡Diles que paren! -Vercueil se ha tapado la cara con las manos para protegerse. El perro ha saltado encima de Bheki. Bheki lo ha apartado de un golpe y ha seguido azotando a Vercueil con el cinturón-. Vosotros dos, parad! -les he gritado, agarrando la barandilla-. ¡Parad de una vez o llamaré a la policía!
Entonces ha aparecido Florence. Ha hablado en tono cortante y los chicos se han apartado.Vercueil se ha puesto de pie con dificultades. He bajado las escaleras lo más deprisa que he podido.
-¿Quién es este chico? -le he preguntado a Florence.
El chico ha dejado de hablar con Bheki y me ha mirado. No me ha gustado su mirada: arrogante, combativa.
-Es un amigo de la escuela -ha dicho Florence.
-Tiene que irse a su casa -he dicho-. Esto es más de lo que puedo soportar. No quiero peleas en mi patio. No puedo permitir que haya desconocidos entrando y saliendo.
A Vercueil le salía sangre del labio. Era extraño ver sangre en aquella cara curtida. Como miel sobre cenizas.
-No es un desconocido, está de visita -ha dicho Florence.
-¿Nos hace falta un pase para entrar aquí? -ha dicho Bheki. Él y su amigo han intercambiado miradas-. ¿Necesitamos un pase?
Han esperado mi respuesta, desafiándome. La radio seguía sonando. Un ruido inhumano, exasperante: me daban ganas de taparme los oídos con las manos.
-No he mencionado ningún pase -he dicho-. Pero ¿qué derecho tiene este chico a venir aquí y atacar a este hombre? Este hombre vive aquí. Es su casa.
Florence ha resoplado.
-Sí -le he dicho, volviéndome hacia ella-. También vive aquí. Es su casa.
-Vive aquí -ha dicho Florence-. Pero es escoria. Es un holgazán.
-Jou moer! -ha dicho Vercueil. Se había quitado el sombrero y estaba volviendo a colocar bien la copa con el puño. Luego ha levantado la mano con el sombrero como si fuera a golpearla-. Jou moer!
Bheki le ha quitado el sombrero y lo ha tirado encima del tejado del garaje. El perro ha ladrado con furia. Lentamente, el sombrero ha vuelto a caer por el ala del tejado.
-No es escoria -he dicho, bajando la voz, dirigiéndome solamente a Florence-. La gente no es escoria. Somos todos personas que viven juntas.
Pero Florence no tenía ganas de oír sermones.
-Solamente sirve para beber -ha dicho- beber, beber y beber todo el día. No me gusta que esté aquí.
Un holgazán: ¿eso era? Si, tal vez: holgazán. Una palabra de antaño, de las que se oían poco últimamente.
-Es mi recadero -he dicho.
Florence me ha mirado con desconfianza.
-Va a hacer recados para mí -he dicho.
Ella se ha encogido de hombros.Vercueil se ha marchado arrastrando los pies con su sombrero y su perro. He oído cerrarse la cancela de la verja.
-Diles a los chicos que lo dejen en paz -he dicho-. No hace daño a nadie.

Como un gato viejo perseguido por los machos jóvenes, Vercueil ha ido a esconderse y lamer sus heridas. Me imagino a mí misma buscando por los parques y llamando con voz queda: "¡Señor Vercueil! ¡Señor Vercueil!". Una vieja en busca de su gato.
Florence está abiertamente orgullosa de cómo Bheki se ha librado del holgazán, pero predice que volverá tan pronto como empiece a llover. En cuanto a mí, dudo de que lo veamos mientras estén aquí los chicos. Se lo he dicho a Florence.
-Estás enseñando a Bheki y a sus amigos que pueden levantar la mano contra sus mayores con impunidad. Eso es un error. ¡Sí, da igual lo que pienses de él, Vercueil es mayor que ellos!
"Cuanto más cedas con ellos, Florence, más atroz será el comportamiento de los chicos. Me dijiste que admirabas a la generación de tu hijo porque no tienen miedo de nada. Ten cuidado: puede que empiecen por no preocuparse de sus propias vidas y terminen por no importarles las de los demás. Lo que admiras de ellos no es necesariamente lo mejor.
"No puedo olvidar lo que dijiste aquella vez: que ya no había padres y madres. No puedo creer que lo digas en serio. Los niños no pueden crecer sin padres ni madres. Los incendios y asesinatos de los que se habla, esa crueldad tan asombrosa, incluso este asunto de pegar al señor Vercueil: ¿de quién es culpa al fin y al cabo? Probablemente sea de los padres que dicen: "Venga, haced lo que queráis, ya sois vuestros propios dueños, os devuelvo la autoridad". ¿Qué niño quiere en el fondo que le digan eso? Seguramente se quedará confundido, pensando para sí mismo: "Ya no tengo madre, ya no tengo padre: pues que la muerte sea mi madre y que la muerte sea mi padre". Te lavas las manos respecto a ellos y se convierten en hijos de la muerte.
Florence ha negado con la cabeza.
-No -ha dicho con firmeza.
-Pero ¿te acuerdas de lo que me contaste el año pasado, Florence, cuando estaban pasando aquellas cosas inimaginables en los distritos segregados? Me dijiste: "He visto una mujer en llamas, ardiendo, y cuando ha gritado pidiendo ayuda, los niños se han reído y le han tirado más gasolina". Me dijiste: "No creí que viviera para ver algo así".
-Sí que lo dije, y es verdad. Pero ¿quién los ha vuelto tan crueles? ¡Son los blancos los que los han vuelto tan crueles! ¡Sí!
Su respiración era entrecortada, apasionada. Estábamos en la cocina. Ella estaba planchando. Su mano agarraba la plancha con fuerza. Me ha lanzado una mirada iracunda. Yo le he tocado suavemente la mano. Ella ha levantado la plancha. En la sábana había el principio de la huella marrón de una quemadura.
Sin cuartel, he pensado: una guerra sin cuartel, sin límites. Una guerra de la que mantenerse alejado.
-Y el día que crezcan -he dicho en voz baja-, ¿crees que dejarán de ser crueles? ¿En qué clase de padres se convertirán si aprenden que se ha terminado la época de los padres? ¿Pueden volverse a crear los padres una vez que la idea de los padres ha sido destruida dentro de nosotros? Pegan a un hombre y le dan patadas porque bebe. Incendian a la gente y se ríen mientras muere quemada. ¿Cómo van a tratar a sus hijos? ¿Qué amor van a ser capaces de dar? El corazón se les está volviendo de piedra ante nuestros ojos, y qué dices tú? Dices: "Este no es mi hijo. Es el hijo del hombre blanco, es el monstruo que ha creado el hombre blanco". ¿Eso es lo único que sabes decir? ¿Vas a echarle la culpa a los blancos y volver la espalda?
-No - ha dicho Florence-. Eso no es verdad. Yo no les doy la espalda a mis hijos. -Ha doblado la sábana a lo ancho y a lo largo, juntando las esquinas de forma precisa y decidida -. 

La edad de hierro.1990.  J.M. Coetzee
Traduc. de Javier Calvo. DEBOLS!LLO



miércoles, 20 de noviembre de 2013

Infancia. J. M. Coetzee

La Ragua , 2013
          No deben. ¿Por qué no? Nadie se lo dice. Pero él no deja de darle vueltas a la expresión "no debes". La escucha más a menudo en la granja que en ningún otro sitio, más a menudo que en Worcester. Una expresión extraña, con solo que no se oiga el "no" significa todo lo contrario. "no debes tocar eso". "No debes comer eso" ¿Este sería el precio que pagar si dejara el colegio y rogase vivir aquí, en la granja? ¿Tendría que olvidarse de hacer preguntas y obedecer todos los "no debes" y hacer tan solo lo que le digan que haga? ¿Está preparado para darse por vencido y pagar ese precio? ¿No hay forma de vivir en el Karoo, el único lugar del mundo donde quiere estar,  como quiere vivir: sin pertenecer a ninguna familia?
           La granja es enorme, tan enorme que cuando en una de sus cacerías él y su padre llegan a una cerca a la orilla del río, y su padre anuncia que han alcanzado el límite entre Vóelfontein y la siguiente granja, se queda perplejo. En su imaginación Vóelfontein es un reino por derecho propio. No hay tiempo suficiente en una sola vida para conocer todo Vóelfontein, conocer cada una de sus piedras y de sus matorrales. Ningún tiempo es suficiente  cuando se ama un lugar de manera tan devoradora.
          Conoce mejor Vóelfontein en verano. cuando yace aplastada bajo la luz uniforme y cegadora que se derrama del cielo. Aún así, Vóelfontein también tiene su misterios, misterios que no pertenecen a la noche y a la penumbra, sino a las tardes calurosas, cuando los espejismos bailan en el horizonte y el aire canta en sus oídos. Entonces, cuando todos los demás están echando la siesta, aturdidos por el calor,  puede salir de puntillas de la casa y trepar la colina hasta llegar al laberinto de muros de piedra de los rediles que pertenecen a los viejos tiempos, cuando se llevaban hasta allí los miles de ovejas que pastaban en el veld para contarlas o esquilarlas o bañarlas.
       Los muros del redil tienen medio metro de grosor  y sobrepasan su cabeza: están hechos de lisas piedras de color azul grisáceo, cada una de las cuales fue transportada hasta aquí en un carro tirado por burros. Trata de imaginarse los rebaños de ovejas, ahora todas muertas y desaparecidas, que e debieron guarecer del sol al socaire de esto muros. Trata de imaginarse cómo debía de ser Vóelfontein, cuando la casa grande y los cobertizos y los rediles  estaban todavía levantándose: un lugar de trabajo, paciente, como el de las hormigas, año tras año. 

Venta Marina, 2013

 -¿Qué pasó con los libros de la tía Annie?- le pregunta a su madre más tarde, cuando están completamente solos de nuevo. Dice los libros, pero sólo está pensando en los numerosos ejemplares de Ewige Genesing.
        Su madre no lo sabe o no quiere decírselo. 
...los libros que nadie leerá nunca; y 


Manilla, 2013
         Lo han dejado a él solo con todos los pensamientos. ¿Cómo los guardará todos en su cabeza, todos los libros, toda la gente, todas las historias? Y si él no los recuerda, ¿quién lo hará?


Infancia, J. M. Coetzee