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domingo, 24 de agosto de 2014

Jaume Vallcorba y el amor por los libros


        Había descubierto que uno de los bolsillos laterales de uno de los capotes tenía una protuberancia, como si tuviera dentro algún objeto. Me acerqué más y me pareció reconocer por su forma cuadrada lo que contenía aquella protuberancia: ¡un libro! Mis piernas empezaron a flaquear. ¡Un LIBRO! Hacía cuatro meses que no tenía un libro en las manos y ahora, la sola idea de un libro con palabras alineadas, renglones, páginas y hojas, la sola idea de un libro en el que leer, perseguir y capturar pensamientos nuevos, frescos, diferentes de los míos, pensamientos para distraerse y para atesorarlos en mi cerebro, esa sola idea era capaz de embriagarme y también de serenarme. Mis ojos quedaron suspendidos en aquel bulto que formaba el libro en el bolsillo, como hipnotizados, con una mirada tan ardiente como si quisiera perforar el tejido. Finalmente no pude controlar mi avidez; involuntariamente me fui acercando. Sólo con pensar que podía tocar un libro con las manos, aunque fuera a través de la ropa del bolsillo, ya me ardían los dedos hasta la raíz de las uñas. Casi sin darme cuenta fui acercándome cada vez más. Por fortuna, el guardián no se dio cuenta de mi comportamiento, sin duda bastante extraño; quizá le parecía natural que una persona que había tenido que estar de pie durante dos horas quisiera apoyarse un poco en la pared. Ahora había llegado ya al lado mismo del capote y eché las manos a la espalda para poder palparlo sin llamar la atención. A través de la ropa conseguí percibir, en efecto, una cosa cuadrada, una cosa flexible y que crujía levemente: ¡un libro! Y una idea me atravesó el cerebro como un relámpago: "¡Róbalo! ¡Tal vez lo consigas y puedas esconderlo en la celda y después leer, leer, leer, por fin volver a leer!"

Stefan Zweig, Novela de ajedrez
Traducción de Manuel Lobo.
Barcelona 2001 Editorial Acantilado
págs 56-58




viernes, 7 de marzo de 2014

"Vivir libre, como la propia imagen reflejada en el espejo". Montaigne en el espejo de Zweig.

En general, en la primera versión de los Essais, la que menos dice de su persona, es en realidad la que más dice. Es el Montaigne auténtico, el Montaigne de la torre, el hombre que se busca a sí mismo. En ella hay más libertad, más sinceridad. Ni el más sabio escapa a la tentación. Primero quiere conocerse; después, mostrase como es. 
[pág 66]


El único error, el único crimen es querer encerrar la diversidad del mundo en doctrinas y sistemas, apartar a otros hombres de su libre albedrío, de lo que realmente quieren, y obligarles  a querer algo que no está en ellos. 
[pág 80]

Solo la distancia exterior hace posible la interior: "Tan pronto como salgo de casa, me despojo de todos estos pensamientos. Y si entonces en casa se derrumbara una torre, lo sentiría menos que si ahora cayera una tabla del techo" Quien se limita a un lugar pequeño, cae en la estrechez. Todo es relativo. Montaigne repite sin cesar que lo que llamamos preocupación no tiene un peso específico, sino que nosotros lo aumentamos o disminuimos. 
 [pág 87]

"En la casa, en el estudio, en la caza y en cualquier otro ejercicio, hemos de entregarnos hasta los últimos límites del placer, y evitar comprometernos más allá, donde el dolor empieza a intervenir". No hay que dejarse llevar por el sentimiento del deber, por la pasión o por la ambición más allá de donde uno quería y quiere ir, hay que comprobar sin descanso el valor de las cosas, no sobrevalorarlas, y acabar cuando acaba el placer. No convertirse en esclavo, ser libre. 
 [ pág 78]

 "La suprema felicidad del pensador es 
haber explorado lo explorable y venerar
serenamente  lo  inexplorable"                
GOETHE
Máximas y reflexiones
[pág 59]

Stefan Zweig, Montaigne, Ed. Acantilado