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sábado, 13 de diciembre de 2014

Encuadres


   Hasta entonces  Clarisse se había sentido intimidada por el hecho de poder explicarse  correctamente muy poco de lo que ocurría en el mundo; en cambio, desde su reencuentro con Meingast, aquella insuficiencia  le facilitaba poder amar, odiar o actuar según su propia capacidad de juicio. ¡Porque, según decía el maestro, a la humanidad nada le hacía tanta falta como la voluntad, y aquel don de poder desear ardientemente lo poseía Clarisse desde siempre! Cuando ella se detenía a considerarlo, la dicha le daba frío y la responsabilidad le daba calor. Naturalmente, la voluntad no era en este caso el obstinado esfuerzo por aprenderse una pieza de piano o defender la propia razón en una disputa, sino de un poderoso dejarse llevar por la vida , un sentirse poseído por uno mismo, un disparate lleno de dicha.
Robert Musil, El hombre sin atributos, tomo 2 
Traducción de José M. Sáenz 
Seix Barral, Barcelona 2008, pág 271

viernes, 14 de noviembre de 2014

En fase de actividad mental


    "Un joven en fase de actividad mental -se dijo Ulrich y probablemente se refería a Walter, su amigo de juventud-, irradia de continuo ideas en todas direcciones. Pero solo lo que haya resonancia en el ambiente reverbera en él y toma forma, mientras que todas las demás irradiaciones se esparce en el espacio y se pierden". Ulrich no tenía inconveniente en aceptar que un hombre inteligente posee la peculiaridad de tener una inteligencia más primitiva que sus atributos; él mismo era un hombre lleno de contradicciones, y creía que todas las aptitudes atribuidas a la criatura humana descansan, bastante juntas, en la inteligencia de cada hombre, si es verdad que el hombre tiene inteligencia. Quizá no es esto del todo exacto, pero lo que nosotros sabemos del origen del bien y del mal induce a pensar que cada uno tiene un número de talla interior, y que esa talla puede ser cubierta con los trajes más diversos, si así lo dispone el destino. A Ulrich no le pareció tan sin sentido lo que había pensado. Si en el curso del tiempo las ideas ordinarias y personales se refuerzan a sí mismas y se pierden las extraordinarias de modo que casi todos, con la precisión de un engranaje mecánico, aparecen cada vez más mediocres, esto demuestra por qué, a pesar de las mil posibilidades que se nos ofrecerían, el hombre corriente sigue siendo el más corriente. Explica también  cómo, entre los privilegios que se hacen valer y que obtienen reconocimiento, hay una cierta mezcla  que tiene aproximadamente un 51 por ciento de profundidad y un 49 por cien de superficialidad; los hombres con esta mezcla son los que más éxito consiguen. Ulrich encontró esto tan complicado y absurdo, tan insoportable y triste, que de buena gana hubiera pasado a pensar en otra cosa.


Robert Musil, El hombre sin atributos. 

Traducción de  José M. Sáenz 
Seix Barral, Barcelona 2008, pág 122



martes, 24 de septiembre de 2013

Robert Musil. El hombre sin atributos

Alighiero Boetti

        Así, la importancia de lo que ella experimentaba en soledad no residía en el papel que le hubiese correspondido psicológicamente, como síntoma de una personalidad hipersensible o susceptible de ser destruida fácilmente, puesto que no estaba en la persona, sino en lo general o en la relación de la persona con lo general, una relación que Agathe, no sin razón, calificaba de moral; en este sentido, a la joven mujer, desengañada de sí misma, le parecía que si podía vivir siempre como en los minutos que constituían una excepción, y si, a la vez, no era tan débil como para aferrarse demasiado a ellos, podía amar al mundo e insertarse en él de buena gana; ¡no había otra forma de salir adelante! Entonces experimentó un deseo apasionado de volver atrás; pero los momentos de la mayor exaltación no vuelven a producirse recurriendo a la violencia; y con la claridad que tiene un día sin color tras ponerse el sol, la inutilidad de sus tempestuosos esfuerzos le hizo ver que lo único que podía esperar (y que en realidad esperaba con una impaciencia que se escondía pura y simplemente detrás de su soledad) era aquella perspectiva singular que su hermano había denominado  una vez, medio en serio, medio en broma, el Imperio Milenario.
Robert Musil.  El  hombre sin atributos