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sábado, 22 de febrero de 2014

Dans leurs regards indifférents. Madame Bovary. Gustave Flaubert.



      Un grupo como de quince hombres, entre los veinticinco y los cuarenta años, diseminados entre los bailarines o charlando unos con otros junto a las puertas, se diferenciaban de los demás por una especie de aire de familia, por muy distintos que fueran sus rostros, sus atuendos o su edad.
   
 Sus fracs estaban mejor cortados y parecían de tela más delicada, como también parecía abrillantado por pomada más fina su cabello ensortijado en las sienes. Tenían el cutis de los ricos, esa tez blanca que se ve realzada por la palidez de las porcelanas, el viso tornasolado de los rasos y el barniz de los muebles preciosos, y que se mantiene en toda su lozanía gracias a un régimen sabio de exquisita alimentación. Movían el cuello cómodamente por encima de las corbatas flojas, usaban largas patillas, cuellos de solapa vuelta y pañuelos con una gran inicial bordada, que exhalaban un aroma suave y con  los que se secaban los labios de vez en cuando. Los que ya empezaban a envejecer tenían un aspecto juvenil, al mismo tiempo que, por otra parte, una especie de madurez invadía el rostro de los jóvenes. En sus miradas indiferentes vagaba la beatitud de las pasiones saciadas a diario; y, a través de sus amables modales, se abría camino esa brutalidad peculiar que confiere el dominio de las cosas semifáciles en la que se adiestra la fuerza o se entretiene la vanidad, como el manejo de caballos pura sangre o el trato con mujeres de vida disoluta.

Madame Bovary . Gustave Flaubert. Tusquets, 2013. Traducción  de Carmen Martín Gaite . Página 63


Quelques hommes (une quinzaine) de vingt-cinq à quarante ans, disséminés parmi les danseurs ou causant à l’entrée des portes, se distinguaient de la foule par un air de famille, quelles que fussent leurs différences d’âge, de toilette ou de figure.

Leurs habits, mieux faits, semblaient d’un drap plus souple, et leurs cheveux, ramenés en boucles vers les tempes, lustrés par des pommades plus fines. Ils avaient le teint de la richesse, ce teint blanc que rehaussent la pâleur des porcelaines, les moires du satin, le vernis des beaux meubles, et qu’entretient dans sa santé un régime discret de nourritures exquises. Leur cou tournait à l’aise sur des cravates basses ; leurs favoris longs tombaient sur des cols rabattus ; ils s’essuyaient les lèvres à des mouchoirs brodés d’un large chiffre, d’où sortait une odeur suave. Ceux qui commençaient à vieillir avaient l’air jeune, tandis que quelque chose de mûr s’étendait sur le visage des jeunes. Dans leurs regards indifférents flottait la quiétude de passions journellement assouvies ; et, à travers leurs manières douces, perçait cette brutalité particulière que communique la domination de choses à demi faciles, dans lesquelles la force s’exerce et où la vanité s’amuse, le maniement des chevaux de race et la société des femmes perdues.


Madame Bovary. Moeurs de province. Gustave Flaubert.  Le livre de Poche, 1983. Page 84

viernes, 7 de febrero de 2014

La mirada lúcida de Clarice Lispector: Es allí a donde voy


 Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de    los dedos un objeto: es allí a donde voy.
 La punta del lápiz el trazo.
 Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la  punta de la espalda magia: es allí a donde voy. 
 En la punta del pie el salto.
 Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy.
 ¿ O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas.    ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy.


    En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra "tertulia", y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a dónde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después de todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. 

Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.


   Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. 

  En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta . Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo.



Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto.
 Oh, cachorro, ¿dónde esta tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. 

¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

Clarice Lispector
Silencio. Es allí donde voy,  pág 45.
Colección el espejo de tinta. Grijalbo.
Traducción de Cristina Peri Rossi




viernes, 31 de enero de 2014

Defensa de la alegría




Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defenderla alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
           y también de la alegría.

Mario Benedetti, en Los espejos las sombras

viernes, 24 de enero de 2014

Canadá de Ford. Topografía de la novela: Estructura sólida palabra por palabra , al colocar el punto y final se despliega en 3D.

El eterno retorno. Mateo Maté

...no hubo noticia alguna de él desde que salió de la cárcel, si es que había sobrevivido a ella. Pensé que debió de sentir que yo estaba mucho mejor donde estaba, y que nada ganaría volviendo a una vida  que hacía mucho tiempo que se había clausurado. Y yo acabé estando de acuerdo con él, aunque no porque lo hubiera olvidado. En una visita que le hice a Reno, Nevada, en 1978, mi hermana me contó que creía haber reconocido a nuestro padre en el casino de una estación de servicio en Jackpot, Nevada, sentado en un taburete, metiendo cuartos de dolar en una máquina tragaperras, con una chica a la que Berner definió como "mexicana" sentada a su lado. Llevaba bigote reconoció que a veces confundía aquella vez con la de un hombre que había visto en un bar de Baker, Oregón, que estaba solo. "Pero las dos veces seguía siendo guapo" dijo. "En ninguna le hablé." Berner era bebedora, y esas historias no eran raras en ella.
Pero el pensamiento de que mi padre -a los noventa años- pudiera estar al lado de mi hermana, asistiéndola en un mal trance, y buscándome en el mundo para pedir ayuda, equivalía sorprendentemente, a sentir que mi vida entera estaba no sólo amenazada sino en peligro de no haber sido vivida nunca. Todos ellos estaba aún allí, esperándome, con la mirada fija, numinosos, obstinados, imborrables. Aquello me hizo caer en la cuenta de lo mucho que había querido borrarlos de mi vida, lo mucho que mi felicidad se hallaba condicionada al hecho de que desaparecieran.

Canadá. Richard Ford. Editorial Anagrama, pg 485


El eterno retorno. Mateo Maté

viernes, 17 de enero de 2014

Cómo convertir un grito de dolor en un cántico imposible: La edad de hierro. J.M. Coetzee

Otros títulos para esta entrada:

De cómo un escritor se adelanta a los pensamientos del lector para romper estructuras o por qué amo tanto a Coetzee.

Comprender el mundo que nos rodea es hacerlo más habitable, nunca me cansaré de escribir que hay que leer La edad de hierro, entera.




Desde que Vercueil aceptó mi dinero, ha estado bebiendo sin parar, no solamente vino, sino también brandy. Algunos días no bebe hasta el mediodía y usa las horas de abstinencia para que la rendición sea más voluptuosa. Pero lo normal es que ya esté intoxicado para cuando sale de casa a media mañana.
Hoy el sol brillaba débilmente cuando ha regresado de su excursión. Yo estaba en la terraza del piso de arriba. Él me ha visto y se ha sentado en el patio con la espalda apoyada en la pared y el perro a su lado. El hijo de Florence ya estaba allí, con un amigo al que yo no había visto antes, y Hope devoraba cada uno de sus movimientos con los ojos. Tenían una radio encendida; el chirrido y el golpeteo de la música era peor todavía que la pelota de tenis.
-Agua -les ha gritado Vercueil-. Traedme agua.
El chico nuevo, el amigo, ha cruzado el patio y se ha agachado a su lado. No he oído lo que se decían. El chico ha extendido una mano.
-Dame -ha dicho.
Vercueil le ha apartado la mano con gesto perezoso.
-Dámela -ha dicho el chico, de rodillas, y ha empezado a tironear para sacarle la botella del bolsillo a Vercueil.
Vercueil se ha resistido, pero sin ganas.
El chico ha desenroscado el tapón y ha vertido el brandy en el suelo. Luego ha tirado la botella a un lado. Se ha hecho añicos. Una estupidez: he estado a punto de gritar.
-¡Te están convirtiendo en un perro! -ha dicho el chico-. ¿Quieres ser un perro?
El perro, el perro de Vercueil, ha gemido con entusiasmo.
-Vete al infierno -ha replicado Vercueil con voz gangosa.
-¡Perro! -ha dicho el chico-. ¡Borracho!
Le ha dado la espalda a Vercueil y ha vuelto con Bheki, caminando con aire de importancia. Qué niño tan arrogante, he pensado. Si es así como se comportan los nuevos guardianes del pueblo, que Dios nos libre de ellos.
La niña ha olisqueado el brandy y ha fruncido la nariz.
-Vete al infierno tú también -ha dicho Vercueil, haciéndole un gesto con la mano para que se marchara. Ella no se ha movido. Luego, de pronto, se ha girado y ha echado a correr a la habitación de su madre.
La música ha seguido aporreando. Vercueil se ha quedado dormido, desplomado de lado contra la pared con la cabeza del perro en su rodilla. He vuelto con mi libro. Al cabo de un rato el sol se ha escondido detrás de las nubes y ha empezado a hacer frío. Ha empezado a caer una llovizna fina. El perro se ha sacudido y ha entrado en el cobertizo. Vercueil se ha puesto de pie y ha entrado detrás. Yo he recogido mis cosas.
Dentro del cobertizo ha habido un revuelo. Primero el perro se ha escabullido fuera, ha mirado a su alrededor y se ha puesto a ladrar. Luego Vercueil ha salido también, de espaldas, y por fin han salido los dos chicos. Cuando el segundo chico, el amigo, se le ha acercado, Vercueil ha arremetido y le ha golpeado en el cuello con la palma de la mano. El chico ha contenido la respiración con un bufido de sorpresa: incluso desde la terraza lo he oído. Luego le ha devuelto el golpe a Vercueil, que ha trastabillado y ha estado a punto de caer. El perro no paraba de bailar a su alrededor, ladrando. El chico ha vuelto a golpear a Vercueil y ahora Bheki se le ha unido.
-¡Parad! -les he gritado.
No me han hecho caso. Vercueil estaba en el suelo; le estaban dando patadas; Bheki se ha quitado el cinturón de los pantalones y ha empezado a azotarlo.
-¡Florence! -he gritado-. ¡Diles que paren! -Vercueil se ha tapado la cara con las manos para protegerse. El perro ha saltado encima de Bheki. Bheki lo ha apartado de un golpe y ha seguido azotando a Vercueil con el cinturón-. Vosotros dos, parad! -les he gritado, agarrando la barandilla-. ¡Parad de una vez o llamaré a la policía!
Entonces ha aparecido Florence. Ha hablado en tono cortante y los chicos se han apartado.Vercueil se ha puesto de pie con dificultades. He bajado las escaleras lo más deprisa que he podido.
-¿Quién es este chico? -le he preguntado a Florence.
El chico ha dejado de hablar con Bheki y me ha mirado. No me ha gustado su mirada: arrogante, combativa.
-Es un amigo de la escuela -ha dicho Florence.
-Tiene que irse a su casa -he dicho-. Esto es más de lo que puedo soportar. No quiero peleas en mi patio. No puedo permitir que haya desconocidos entrando y saliendo.
A Vercueil le salía sangre del labio. Era extraño ver sangre en aquella cara curtida. Como miel sobre cenizas.
-No es un desconocido, está de visita -ha dicho Florence.
-¿Nos hace falta un pase para entrar aquí? -ha dicho Bheki. Él y su amigo han intercambiado miradas-. ¿Necesitamos un pase?
Han esperado mi respuesta, desafiándome. La radio seguía sonando. Un ruido inhumano, exasperante: me daban ganas de taparme los oídos con las manos.
-No he mencionado ningún pase -he dicho-. Pero ¿qué derecho tiene este chico a venir aquí y atacar a este hombre? Este hombre vive aquí. Es su casa.
Florence ha resoplado.
-Sí -le he dicho, volviéndome hacia ella-. También vive aquí. Es su casa.
-Vive aquí -ha dicho Florence-. Pero es escoria. Es un holgazán.
-Jou moer! -ha dicho Vercueil. Se había quitado el sombrero y estaba volviendo a colocar bien la copa con el puño. Luego ha levantado la mano con el sombrero como si fuera a golpearla-. Jou moer!
Bheki le ha quitado el sombrero y lo ha tirado encima del tejado del garaje. El perro ha ladrado con furia. Lentamente, el sombrero ha vuelto a caer por el ala del tejado.
-No es escoria -he dicho, bajando la voz, dirigiéndome solamente a Florence-. La gente no es escoria. Somos todos personas que viven juntas.
Pero Florence no tenía ganas de oír sermones.
-Solamente sirve para beber -ha dicho- beber, beber y beber todo el día. No me gusta que esté aquí.
Un holgazán: ¿eso era? Si, tal vez: holgazán. Una palabra de antaño, de las que se oían poco últimamente.
-Es mi recadero -he dicho.
Florence me ha mirado con desconfianza.
-Va a hacer recados para mí -he dicho.
Ella se ha encogido de hombros.Vercueil se ha marchado arrastrando los pies con su sombrero y su perro. He oído cerrarse la cancela de la verja.
-Diles a los chicos que lo dejen en paz -he dicho-. No hace daño a nadie.

Como un gato viejo perseguido por los machos jóvenes, Vercueil ha ido a esconderse y lamer sus heridas. Me imagino a mí misma buscando por los parques y llamando con voz queda: "¡Señor Vercueil! ¡Señor Vercueil!". Una vieja en busca de su gato.
Florence está abiertamente orgullosa de cómo Bheki se ha librado del holgazán, pero predice que volverá tan pronto como empiece a llover. En cuanto a mí, dudo de que lo veamos mientras estén aquí los chicos. Se lo he dicho a Florence.
-Estás enseñando a Bheki y a sus amigos que pueden levantar la mano contra sus mayores con impunidad. Eso es un error. ¡Sí, da igual lo que pienses de él, Vercueil es mayor que ellos!
"Cuanto más cedas con ellos, Florence, más atroz será el comportamiento de los chicos. Me dijiste que admirabas a la generación de tu hijo porque no tienen miedo de nada. Ten cuidado: puede que empiecen por no preocuparse de sus propias vidas y terminen por no importarles las de los demás. Lo que admiras de ellos no es necesariamente lo mejor.
"No puedo olvidar lo que dijiste aquella vez: que ya no había padres y madres. No puedo creer que lo digas en serio. Los niños no pueden crecer sin padres ni madres. Los incendios y asesinatos de los que se habla, esa crueldad tan asombrosa, incluso este asunto de pegar al señor Vercueil: ¿de quién es culpa al fin y al cabo? Probablemente sea de los padres que dicen: "Venga, haced lo que queráis, ya sois vuestros propios dueños, os devuelvo la autoridad". ¿Qué niño quiere en el fondo que le digan eso? Seguramente se quedará confundido, pensando para sí mismo: "Ya no tengo madre, ya no tengo padre: pues que la muerte sea mi madre y que la muerte sea mi padre". Te lavas las manos respecto a ellos y se convierten en hijos de la muerte.
Florence ha negado con la cabeza.
-No -ha dicho con firmeza.
-Pero ¿te acuerdas de lo que me contaste el año pasado, Florence, cuando estaban pasando aquellas cosas inimaginables en los distritos segregados? Me dijiste: "He visto una mujer en llamas, ardiendo, y cuando ha gritado pidiendo ayuda, los niños se han reído y le han tirado más gasolina". Me dijiste: "No creí que viviera para ver algo así".
-Sí que lo dije, y es verdad. Pero ¿quién los ha vuelto tan crueles? ¡Son los blancos los que los han vuelto tan crueles! ¡Sí!
Su respiración era entrecortada, apasionada. Estábamos en la cocina. Ella estaba planchando. Su mano agarraba la plancha con fuerza. Me ha lanzado una mirada iracunda. Yo le he tocado suavemente la mano. Ella ha levantado la plancha. En la sábana había el principio de la huella marrón de una quemadura.
Sin cuartel, he pensado: una guerra sin cuartel, sin límites. Una guerra de la que mantenerse alejado.
-Y el día que crezcan -he dicho en voz baja-, ¿crees que dejarán de ser crueles? ¿En qué clase de padres se convertirán si aprenden que se ha terminado la época de los padres? ¿Pueden volverse a crear los padres una vez que la idea de los padres ha sido destruida dentro de nosotros? Pegan a un hombre y le dan patadas porque bebe. Incendian a la gente y se ríen mientras muere quemada. ¿Cómo van a tratar a sus hijos? ¿Qué amor van a ser capaces de dar? El corazón se les está volviendo de piedra ante nuestros ojos, y qué dices tú? Dices: "Este no es mi hijo. Es el hijo del hombre blanco, es el monstruo que ha creado el hombre blanco". ¿Eso es lo único que sabes decir? ¿Vas a echarle la culpa a los blancos y volver la espalda?
-No - ha dicho Florence-. Eso no es verdad. Yo no les doy la espalda a mis hijos. -Ha doblado la sábana a lo ancho y a lo largo, juntando las esquinas de forma precisa y decidida -. 

La edad de hierro.1990.  J.M. Coetzee
Traduc. de Javier Calvo. DEBOLS!LLO



viernes, 20 de diciembre de 2013

Gustave Flaubert. Razones y osadías.

http://viajeporgrecia2010.blogspot.com.es/


[82] Recuerdo cómo me dio un vuelco el corazón y el placer violento que experimenté al contemplar una pared de la Acrópolis, una pared desnuda (la que se encuentra a la izquierda, subiendo los Propileos). Pues bien, me pregunto si un libro, independientemente de lo que dice, no será capaz de producir el mismo efecto ¿No hay una Virtud intrínseca, una especie de fuerza divina, algo eterno, como un principio, en la precisión de los ensamblajes, la rareza de los elementos, el pulido de la superficie, la armonía del conjunto? (Hablo al estilo platónico). Así ¿por qué hay una relación de necesidad entre la palabra exacta y la palabra musical? ¿Por qué se llega siempre a hacer un verso cuando se ha ceñido hasta el extremo el pensamiento?

Capítulo I. Literatura, crítica, estética.
 Razones y osadías. Correspondencia de Flaubert


martes, 10 de diciembre de 2013

Thomas Bernhard. In einen Teppich aus Wasser o En una alfombra de agua




In einen Teppich aus Wasser 
sticke ich meine Tage,
meine Götter und meine Krankheiten.

In einen Teppich aus Grün
Sticke ich meine roten Leiden,
meine blauen Morgen,
meine gelben Dörfer und Honigbrote.

In einen Teppich aus Erde
sticke ich meine Vergängnis.
Ich sticke meine Nacht hinein
und meinen Hunger,
meine Trauer
und das Kriegsschiff meiner Verzweiflungen,
das hinübergleitet in tausend Gewässer,
in die Gewässer der Unruhe,
in die Gewässer der Unsterblichkeit.


En Así en la tierra como en el infierno (1957), Thomas Bernhard

En una alfombra de agua
bordo mis días
mis dioses y mis enfermedades.

En una alfombra de verde
bordo mi sufrimiento rojo,
mis mañanas azules
mis aldeas y panes de miel amarillos.

En una alfombra de tierra
bordo mi transitoriedad.
Bordo en ella mi noche
y mi hambre,
mi luto
y el barco de guerra de mis desesperaciones,
que se desliza por mil aguas,
hacia las aguas de la inquietud,
hacia las aguas de la inmortalidad.

  Traducción de Miguel Sáenz

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Richard Ford, Canadá

 

       Sin embargo, si quienes estuvieran contando esta historia fueran ellos, ésta sería lógicamente diferente, y en ella serían los protagonistas de los acontecimientos por venir, y mi hermana y yo los espectadores, que es una de las cosas que los hijos son  respecto de sus padres. El mundo no suele pensar que los atracadores de bancos pueden tener hijos, aunque muchos los tienen. Pero la historia de estos hijos-la de mi hermana y la mía, en este caso- sólo les incumbe a ellos calibrarla, desglosarla y juzgarla. Años después, en la facultad, leí que el gran crítico Ruskin escribió que la composición es la disposición de cosas desiguales. Lo que significa que el autor de la composición es quien determina qué es igual a qué, y qué importa más y qué es lo que puede dejarse a un lado del paso veloz de la vida hacia delante.

Canadá, cap. 3,  traduccción de Jesús Zulaica

jueves, 28 de noviembre de 2013

La mirada oblicua. Berna Wang


               Si todo tiene, como sabemos, fecha de caducidad
               y algún día ha de terminarse,
               mi deseo
               es que todo lo que termine
               entre tú y yo
               siga transformándose, como hasta ahora,
               en otra cosa
               distinta
               entre tú y yo.
Berna  Wang,  La mirada oblicua

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Infancia. J. M. Coetzee

La Ragua , 2013
          No deben. ¿Por qué no? Nadie se lo dice. Pero él no deja de darle vueltas a la expresión "no debes". La escucha más a menudo en la granja que en ningún otro sitio, más a menudo que en Worcester. Una expresión extraña, con solo que no se oiga el "no" significa todo lo contrario. "no debes tocar eso". "No debes comer eso" ¿Este sería el precio que pagar si dejara el colegio y rogase vivir aquí, en la granja? ¿Tendría que olvidarse de hacer preguntas y obedecer todos los "no debes" y hacer tan solo lo que le digan que haga? ¿Está preparado para darse por vencido y pagar ese precio? ¿No hay forma de vivir en el Karoo, el único lugar del mundo donde quiere estar,  como quiere vivir: sin pertenecer a ninguna familia?
           La granja es enorme, tan enorme que cuando en una de sus cacerías él y su padre llegan a una cerca a la orilla del río, y su padre anuncia que han alcanzado el límite entre Vóelfontein y la siguiente granja, se queda perplejo. En su imaginación Vóelfontein es un reino por derecho propio. No hay tiempo suficiente en una sola vida para conocer todo Vóelfontein, conocer cada una de sus piedras y de sus matorrales. Ningún tiempo es suficiente  cuando se ama un lugar de manera tan devoradora.
          Conoce mejor Vóelfontein en verano. cuando yace aplastada bajo la luz uniforme y cegadora que se derrama del cielo. Aún así, Vóelfontein también tiene su misterios, misterios que no pertenecen a la noche y a la penumbra, sino a las tardes calurosas, cuando los espejismos bailan en el horizonte y el aire canta en sus oídos. Entonces, cuando todos los demás están echando la siesta, aturdidos por el calor,  puede salir de puntillas de la casa y trepar la colina hasta llegar al laberinto de muros de piedra de los rediles que pertenecen a los viejos tiempos, cuando se llevaban hasta allí los miles de ovejas que pastaban en el veld para contarlas o esquilarlas o bañarlas.
       Los muros del redil tienen medio metro de grosor  y sobrepasan su cabeza: están hechos de lisas piedras de color azul grisáceo, cada una de las cuales fue transportada hasta aquí en un carro tirado por burros. Trata de imaginarse los rebaños de ovejas, ahora todas muertas y desaparecidas, que e debieron guarecer del sol al socaire de esto muros. Trata de imaginarse cómo debía de ser Vóelfontein, cuando la casa grande y los cobertizos y los rediles  estaban todavía levantándose: un lugar de trabajo, paciente, como el de las hormigas, año tras año. 

Venta Marina, 2013

 -¿Qué pasó con los libros de la tía Annie?- le pregunta a su madre más tarde, cuando están completamente solos de nuevo. Dice los libros, pero sólo está pensando en los numerosos ejemplares de Ewige Genesing.
        Su madre no lo sabe o no quiere decírselo. 
...los libros que nadie leerá nunca; y 


Manilla, 2013
         Lo han dejado a él solo con todos los pensamientos. ¿Cómo los guardará todos en su cabeza, todos los libros, toda la gente, todas las historias? Y si él no los recuerda, ¿quién lo hará?


Infancia, J. M. Coetzee

domingo, 13 de octubre de 2013

Espejo negro


Fuente de la Carretera de la Cabra, septiembre 2013

Dos cuerpos que se acercan y crecen 
y penetran en la noche de su piel y su sexo, 
dos oscuridades enlazadas 
que inventan en la sombra su origen y sus dioses, 
que dan nombre, rostro a la soledad, 
desafían a la muerte porque se saben muertos, 
derrotan a la vida porque son su presencia. 
Frente a la vida sí, frente a la muerte, 
dos cuerpos imponen realidad a los gestos, 
brazos, muslos, húmeda tierra, 
viento de llamas, estanque de cenizas. 

Frente a la vida sí, frente a la muerte, 
dos cuerpos han conjurado tercamente al tiempo, 
construyen la eternidad que se les niega, 
sueñan para siempre el sueño que les sueña. 
Su noche se repite en un espejo negro.
 

viernes, 11 de octubre de 2013

Philip Roth. Zuckerman encadenado (II)

Serigrafía en papel japonés, París 2013


—Acabo de encontrar veintisiete borradores de un solo relato —me dijo ella.
—¿De cuál? —pregunté yo, interesadísimo.
—«La vida es un fastidio».
—Tantos intentos —dijo Lonoff— para al final hacerlo mal.
—Tendrían que erigir un monumento a su paciencia —le dijo ella.
Él se señaló con un vago gesto el creciente de grosura que tensaba los botones de su chaqueta:
—Ya lo han hecho.
—En clase —siguió ella—, solía decirnos a los estudiantes de escritura literaria: «No hay vida sin paciencia.» Ninguna de nosotras entendía de qué estaba hablando.
—Tú sí lo entendías. Tú tenías que entenderlo. Fue algo que aprendí mirándote a ti, mi querida señorita.
—Pero si yo soy incapaz de esperar —dijo ella.
—Pero lo haces.
—Reventando de frustración, todo el tiempo.
—Si no reventaras de frustración —puso el profesor en su conocimiento—, no te haría ninguna falta la paciencia.
La visita al maestro. Del capítulo Maestro

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     Casi tres meses después de haber enviado su pedido al editor de Ámsterdam, a principios de agosto, en un día cálido y soleado, había un paquete en Boston , demasiado grande para el apartado de correos  de Pilgrim Bookshop, esperando que fuese a recogerlo. Llevaba una falda beis, de lino,  y  una ligera blusa de algodón blanco, planchadas ambas la noche anterior. Llevaba el pelo, que aquella primavera se había cortado a lo paje, recién lavado y peinado, de la noche anterior, y tenía la piel uniformemente tostada. Todas las mañanas nadaba una milla, y jugaba al tenis por las tardes, y, en conjunto, estaba en la mejor forma que puede estar una chica a los veinte años. Quizá fuera por eso por lo que no rompió el cordel con los dientes, ni se cayó desmayada al suelo, cuando el empleado le puso en las manos el paquete. Lo que hizo fue ir caminando a Common, con el paquete procedente de Holanda colgándole de una mano, y, una vez allí, dar unas cuantas vueltas hasta encontrar un banco libre. Primero se sentó en un banco a la sombra, pero luego se volvió a levantar y siguió buscando el sitio perfecto, a la luz del sol.
    Tras haber sometido a concienzudo análisis los sellos holandeses-series de después de la guerra, desconocidas para ella- y contemplando el matasellos, se puso a la tarea de comprobar con  cuánta minucia lograba deshacer el envoltorio. Era una ridícula  exhibición de serena paciencia, y así quería ella que fuese. Se sentía, a la vez, triunfadora y aturdida. Aguante pensó, paciencia. Sin paciencia no hay vida. Cuando por fin terminó de desatar el cordel y de desplegar, sin desgarrones, las diversas capas de grueso papel marrón, tuvo la impresión de que lo que había extraído de la envoltura para colocarlo en el regazo de su muy linda y muy norteamericana falda de lino beis era su propia supervivencia.
Van Anne Frank. Su libro. Suyo.
La visita al maestro. Del capítulo Femme Fatale


sábado, 5 de octubre de 2013

Philip Roth. Zuckerman encadenado (I)

 


         -Cojo frases y les doy vueltas. Eso es mi vida. Escribo una frase y le doy una vuelta. Luego la miro y le doy otra vuelta. Luego como algo. Luego vuelvo y escribo otra frase. Luego tomo el té y le doy una vuelta a la nueva frase. Luego vuelvo a leer ambas frases y sigo dándoles vueltas. Luego me echo en el sofá y pienso un poco. Luego me levanto, lo tiro todo a la papelera y empiezo desde el principio. Y si me desentiendo de esa rutina durante más de veinticuatro horas, me pongo frenético de aburrimiento por la sensación de estar desperdiciando el tiempo. Los domingos desayuno tarde y leo los periódicos con Hope. Luego salimos al monte, a dar un paseo, y no se me quita de la cabeza la sensación de estar perdiendo un tiempo precioso. Los domingos, cuando me despierto, la perspectiva de no poder utilizar las próximas horas me sitúa al borde de la locura. Me entra una desazón tremenda, me pongo de mal humor, pero también Hope es humana, comprende usted, y me avengo. Para evitar problemas, me obliga a dejar el reloj en casa. Y me paso el rato mirándome la muñeca -y ahí se acabó todo, si no se ha acabado antes por culpa del humor de perros que llevo. Ella arroja la toalla y nos volvemos a casa. Y, una vez en casa ¿en qué se distingue un domingo de un jueves? Tomo asiento frente a mi pequeña Olivetti y me pongo a mirar las frases y a darles vueltas. Y me pregunto ¿cómo es que para mí no hay ningún otro modo de ocupar las horas? [...]


       No se me ocurría qué decir. La existencia que acababa de describir me sonaba a paraíso; que no se le ocurriera nada mejor en que ocupar su tiempo que dar vueltas a las frases se me antojaba una bendición, y no sólo para él, sino para la literatura en general [...]

     -Ni se me pasaría por la cabeza seguir escribiendo después del té, si se me ocurriera algo a que poder dedicar el resto de la tarde"[...]
La visita al maestro


jueves, 26 de septiembre de 2013

Cees Nooteboom. Perdido el paraíso

Steve Hanks

       No sé si hago bien, pero creo que me dedicaré a viajar eternamente, haré del mundo mi desierto. Me bastan cosas en las que pensar, para toda una vida. En cualquier lugar  hay larvas, hormigas de miel, bayas y raíces. Ahora sé cómo encontrarlas. Sé cómo sobrevivir.
Cees Nooteboom. Perdido el paraíso.

martes, 24 de septiembre de 2013

Robert Musil. El hombre sin atributos

Alighiero Boetti

        Así, la importancia de lo que ella experimentaba en soledad no residía en el papel que le hubiese correspondido psicológicamente, como síntoma de una personalidad hipersensible o susceptible de ser destruida fácilmente, puesto que no estaba en la persona, sino en lo general o en la relación de la persona con lo general, una relación que Agathe, no sin razón, calificaba de moral; en este sentido, a la joven mujer, desengañada de sí misma, le parecía que si podía vivir siempre como en los minutos que constituían una excepción, y si, a la vez, no era tan débil como para aferrarse demasiado a ellos, podía amar al mundo e insertarse en él de buena gana; ¡no había otra forma de salir adelante! Entonces experimentó un deseo apasionado de volver atrás; pero los momentos de la mayor exaltación no vuelven a producirse recurriendo a la violencia; y con la claridad que tiene un día sin color tras ponerse el sol, la inutilidad de sus tempestuosos esfuerzos le hizo ver que lo único que podía esperar (y que en realidad esperaba con una impaciencia que se escondía pura y simplemente detrás de su soledad) era aquella perspectiva singular que su hermano había denominado  una vez, medio en serio, medio en broma, el Imperio Milenario.
Robert Musil.  El  hombre sin atributos

domingo, 22 de septiembre de 2013

Ibn Al-Zaqqaq. Amanecer en la marina



Nace el sol. Las espadas de sus rayos
hieren, blancas, la hueste de las olas,
que en lorigas brillantes las aguardan.
Se cruzan desafíos de fulgores.

Ibn Al-Zaqqaq

jueves, 12 de septiembre de 2013

John Banville. Antigua Luz


     
       Hacer cine es algo extraño, más extraño de lo que esperaba, y sin embargo, de una manera curiosa, tampoco me resulta ajeno. Algunos me habían advertido de la naturaleza fragmentaria y necesariamente inconexa del proceso, pero lo que me sorprende es el efecto que esto produce en la sensación que tengo de mí mismo. Siento como si no sólo mi yo actor sino mi yo esencial se convirtiera en una serie de fragmentos deshilvanados, no sólo en los breves intervalos en los que estoy delante de la cámara, sino incluso cuando me salgo de mi papel —mi parte— y recupero mi identidad real, mi supuesta identidad real. Tampoco es que me considerara nunca un producto o un preservador de las unidades: he vivido lo bastante y reflexionado lo bastante como para comprender la incoherencia y naturaleza múltiple de lo que antes se consideraba el yo individual. Cualquier día de la semana salgo de mi casa y en la calle el mismísimo aire se convierte en un bosque de hojas afiladas que me rebanan de manera imperceptible hasta convertirme en las múltiples versiones de la singularidad que en el interior de mi casa he presentado como ser existente y, de hecho, por el que me han tomado. La experiencia delante de la cámara, sin embargo, esa sensación de ser no uno sino muchos —¡mi nombre es Legión!—, posee una dimensión añadida, pues los muchos no son unidades, sino más bien segmentos. Así pues, participar en una película es algo extraño, y al mismo tiempo no lo es en absoluto; se trata de una intensificación, una diversificación de lo conocido, una concentración en el yo ramificado; y todo eso es interesante, y confuso, y emocionante y perturbador. 


sábado, 7 de septiembre de 2013

Javier Marías. Corazón tan blanco.







"Cuántas cosas
 se van no diciendo a lo largo de una vida o historia o relato, a veces sin querer o sin proponérselo."